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jueves, 11 de agosto de 2016

El patito negro y los patitos en la calle


Erase una vez un patito negro al que le gustaban Sisters of Mercy y las camisas de terciopelo.

Siempre que el patito negro salía a la calle los demás patitos reaccionaban a su apariencia. El asombro y la curiosidad de los demás eran tan habituales para el patito que a veces ya ni los notaba tanto. Pero no todas las respuestas pasaban desapercibidas, ni eran agradables.

En el transporte público a veces los patitos normales no querían sentarse junto a él, otros dudaban aceptar su dinero para pasárselo al chofer. Un par de patitas mayores habían llegado a persignarse al verlo. Algunas mamás apartaban a sus bebés pato del camino del patito negro, como si éste fuera a comérselos o algo parecido.

También cuando iba de compras lo trataban con cautela. A su novia – quien también es una patita negra – las vendedoras de maquillaje y joyería no la dejaban sola jamás, como asumiendo que de todos los clientes en la tienda ella era la más propensa a robarse todo.

El patito negro comprendía el temor de los demás patitos hacia lo desconocido, pero eso no quitaba lo molesto que podía ser que lo prejuzgaran inmediatamente como alguien malo, alguien que no merecía ni siquiera el beneficio de la duda. Sobre todo en la calle, donde todos eran igual de desconocidos.

El patito negro espera que algún día en el futuro todos los patitos vivan felices y en paz por siempre. Fin.

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 Los mini cuentos del patito negro son parte de mi proyecto anti-discriminación de personas alternativas. Si te interesa, da click aquí para ver el resto de los textos.

jueves, 28 de abril de 2016

El patito negro y la reunión familiar

(Se me ocurrieron las mini-historias del patito negro como un medio para contar anécdotas que me han pasado a mí o a personas que conozco sin necesidad de echar de cabeza directamente a nadie, jaja. Las iré intercalando cada tanto entre las entradas de la no-discriminación a manera de ejemplos y pues, para que se diviertan con mis ideas ridículas, imaginando patitos góticos. A veces las cosas graciosas le dejan más huella a las personas.)


Erase una vez un patito negro al que le gustaba Slayer y el mosh.

Un día, parte de la extensa familia del patito negro decidió reunirse puesto que no solían verse muy seguido. Así fue como se llevó a cabo una gran fiesta de patitos junto a un lejano estanque. El patito negro se la pasó excelente ese día. Graznó con familiares a los cuales hace siglos no veía y conoció a otros tantos con quienes jamás había convivido.

Días después, el patito negro se enteró de que su abuelo pato por un momento se preocupó porque su nieto era de un color diferente al de los demás; por un instante imaginó que podría andar en malos pasos. El patito negro se sorprendió de esto, pues su abuelo lo trató con sumo cariño y normalidad durante toda la reunión (nunca lo vio feo ni le preguntó qué diablos con su vida).

Lo que le sorprendió aún más al patito fue que cuando su abuelo le confesó su preocupación a un tío pato, éste le aseguro que no tenía ab-so-lu-ta-men-te nada por qué acongojarse. Él mismo platicó montones con el patito negro y, aunque no sabía sus razones para ser diferente, disfrutó mucho conversar con él. Así fue como descubrió que ese patito rarito era en realidad tan alegre y dedicado como podía serlo cualquier ave. Eso despejó las dudas del abuelo pato.

Y entonces todos fueron felices. Fin.

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Si te interesa leer las demás entradas que he escrito en contra de la discriminación de personas alternativas, da click aquí para revisar la lista completa de textos. 

jueves, 22 de mayo de 2014

La muerte de la muerte

¡Hola! ¿Cómo están? c:

Hoy quiero compartirles algo un poco diferente porque no tiene nada que ver con música que es lo que suelo poner aquí. Esta vez quiero compartirles un cuento que escribí para la categoría de Letras Muertas en el XVI Festival Universitario de Día de Muertos "50 años sin Remedios Varo", el cual recibió mención honorífica el día de ayer. Y estoy todavía más contenta porque nos dijeron que todos los trabajos ganadores serán plasmados en un libro que será presentado en la Feria del Libro en el Palacio de Minería. 

Estoy que exploto de alegría porque sería la primera vez que un trabajo mío se publica en impreso. :D
(Exceptuando esas historias que nos hacían escribir en la primaria que salían en un librito que tenías que ir a recoger a una conferencia en la que trataban de venderte enciclopedias, ¿alguien se acuerda de eso? Jajaja.)

Espero les guste. c:
(Por cierto, derechos reservados de la UNAM. No sé si deba poner eso pero, supongo que no está de más. xD)


La muerte de la muerte
por Pandora (Lilian Pérez)

Era un día frío. Muchos años después de los tiempos de los gasolinazos mensuales y los plantones en Reforma. En una modesta salita, con sólo una ventana y un sillón retapizado varias veces, se encontraba la muerte.

Sentada en flor de loto, tapada con su túnica raída y con su guadaña recostada a su lado, se encontraba disfrutando de un té. Ella no tomaba té, de hecho ni siquiera tenía la necesidad de comer o tomar algo, pero el hecho de sostener la taza caliente entre sus delgados dedos le transmitía una sensación reconfortante. O al menos eso siempre le pareció que se sentía cuando veía a los humanos hacer lo mismo. Si ni sabía lo que era el calor tampoco.

Estaba tratando de recordar una canción cuyos primeros cuatro segundos no podía sacarse de la cabeza cuando el sonido de una voz la sobresaltó.

- ¿Señora muerte? – resonó dentro de su cráneo.

- Este… ¿sí? – respondió la muerte confundida. En su sala nadie hablaba. Es más, nadie le hablaba nunca. Y la guadaña se encontraba en un sueño tan profundo que era imposible que se tratase de ella.

- Hola, buena noche. Disculpe la intromisión pero, necesito hablar con usted.

- ¿Conmigo? Pero… ¿se puede saber quién me busca?

- La Muerte.

La muerte – la primera – se quedó muda, y ella creyó que sorda. “¿Qué? ¿La Muerte?”  ¡Pero si ella era la mismísima muerte! ¿O acaso era su consciencia quien le hablaba? No. Ella nunca se refería a sí misma en tercera persona.

- ¿Cómo, perdón? – dudó la huesuda.

- Que soy La Muerte. Y necesito hablar contigo.

- … ¿Ajá? - ¿O estará soñando? No, qué va. Si ella ni dormía. Ni siquiera ojos o párpados tenía para poder cerrarlos.

- Perdona la molestia, y la confusión. Verás que yo nunca imaginé que me vería en la necesidad de presentarme contigo. Y menos en estas circunstancias.

- ¿Qué? ¿Por qué? ¿Cuáles circunstancias?

- No sé cómo vayas a tomarlo, pero es que tus servicios ya no son requeridos aquí en la Tierra.

- ¡¿Perdón?! – La muerte se levantó indignada – No sé quién te creas que eres, pero yo ¡soy la muerte! Despojadora de vidas y sueños, ladrona de alientos, justiciera de la existencia. ¡Y ninguna misteriosa voz va a venir aquí, a mí propia casa (¡pero qué descaro!), a decirme que mis servicios ya no son necesarios! ¡Semejante burrada! ¿Qué sería del mundo con tanto niño llegando y sin nadie que les enseñe la salida a los ancianos?

- Comprendo tu confusión. Pero debo decirte que aquella muerte de la que te refieres, soy yo. No tú.

La muerte, perdiendo la cordura y la paciencia, agitaba sus brazos mientras trataba de articular algún reproche, un insulto cuando menos.

- Te explico. Tú no eres La Muerte. Sólo eres la muerte ante los ojos de los humanos. Ellos me imaginan a mí, la verdadera Muerte, así como te ves tú ahora. Como un esqueleto encapuchado.

La muerte se enfureció aún más. Decir que sólo era un esqueleto en capucha era… Bueno, técnicamente sí lo era. Pero decirlo así sin más ni más, como si no fuera de por sí asombroso que un extraordinario ser como ella pudiera existir… Qué grosería. Y luego en su propia casa.

- Y debes admitirlo. Los tiempos han cambiado. Hay gente que te ve como una mujer, o como una bocanada de humo de cigarro, o como un trago más cuando se es conductor designado, o como la carne de puerco. Ya ni siquiera en las culturas en donde te representaban así como luces en este momento te siguen percibiendo de la misma manera. Los años de tu apogeo ya se distinguen lejos en la distancia.

La muerte seguía enojada. Si tuviera piel, estaría enrojecida. Miraba hacia el techo con ojos de puchero. No sabía por qué veía el techo, si la voz sonaba dentro de su cráneo. Pero es que tenía la sensación de que conversaba con algo que se encontraba más arriba que ella.

- ¿Y? Si eso fuera cierto (aunque ella sabía que sí lo era), ¿qué? ¿Ahora la gente ya no se va a morir porque ya no me ven así o qué? Tienes la cabeza llena de incongruencias, lo juro.

- No, es obvio que la gente tiene que seguir muriendo. Pero he tomado la decisión de que ya no es necesario que sigas haciendo mi trabajo en representación mía. Así que, tú también deberás morir.

“¡La muerte muerta! ¡Háganme el bendito favor! Esta estúpida voz no deja de decir sandeces”, gritaba la muerte hacia sus adentros. “¡Y en mi propia casa!”

- ¡Que la muerte se muera! ¡Ándale! ¡Y mañana a la vida se le van a raspar las rodillas o le va a picar un mosquito en el dedo!

- Entiendo tu impresión. Pero verás, los conceptos, lo intangible, es algo inmortal; inmutable. La Muerte no desaparecerá nunca. Pero tú, tú eres una imagen, una representación mía. Las representaciones cambian, desaparecen. No son eternas.

La muerte no sabía ni por dónde defenderse.

- Ajá pues… ¿Y qué se supone que haga entonces? ¿Eh? ¿Retirarme e ir reservando mi lugar en un crucero al Caribe?

- Pues lo que decidas hacer con tu tiempo ahora no es de mi incumbencia.

La Muerte se escuchaba decidida e incorruptible. A la muerte le empezó a dar miedo. O lo que ella suponía que era el miedo. La muerte nunca había sentido temor.

- … Entonces… ¿En serio hablas en serio? – Una parte de ella deseaba seguir creyendo que todo esto seguía siendo una mala broma o una bola de idioteces.

- Sí. – Contestó fríamente La Muerte.

- Y… ¿Y qué se supone que pasará conmigo ahora? ¿Me iré? ¿Cuándo me iré?

- No lo sé. Es imposible saberlo. Existencias como la tuya desaparecen en el último instante en  el cual alguien se acuerda de ti.

- Entonces… ¿me tomará desprevenida? ¿Al igual que a los humanos?

- Exacto.

La muerte se sentó con lentitud en el suelo. Su guadaña seguía durmiendo. La noticia le iba a caer en la punta del pie.

La muerte se abrazó las piernas. Nunca se había sentido tan pequeña. Tan frágil.


Tan muerta.